
Ayer a alguien le ha tocado el gordo, el de la lotería de navidad. Y así, por la vía rápida de que todos ponemos dinero y el que gana se lo queda todo, hoy hay varios nuevos millonarios afortunados. ¿A quién le disgusta ganar a la lotería? A nadie, pero si lo pensamos, no deja de ser un fatalismo más. Nunca podré tener más de lo que tengo, si no es comprando un décimo. Debo resignarme a mi puesto en la vida, el que también me ha tocado en suerte. Por otro lado, lo más importante es el dinero, porque para otras cosas no se organizan loterías, ni para desarrollar la vocación propia, ni para conservar la amistad, ni para la pareja durable.
Este anhelo del pelotazo lotero es el mismo que el del pelotazo en general, tan perseguido desde que el gurú Solchaga nos reveló la bondad de enriquecernos sin mirar a quien. Se ha habilitado como ético el oficio de comisionista, al igual que se ha dado por recomendable la reventa de la propia casa a doble o triple precio, de forma que para los nuevos en la plaza, ese era el nuevo coste del techo bajo el que iniciar una vida en común, hasta el punto de que ahora un joven debe ganar más de dos mil quinientos euros para comprarse un piso…
LOS VENTAJISTAS
Y se ha buscado la subvención en todos los circos administrativos, y se ha pasado a la corrupción que nos tiñe cada mañana. Hemos vivido una cultura del pelotazo, es decir, la búsqueda de una vía que nos otorgase de forma instantánea un golpe de riqueza económica. Se ha vivido y se sigue viviendo una forma de entender la vida y los negocios: muy lucrativos y muy rápidos, lo que significa que deben conllevar el menor coste inversor.
Frente al pequeño empresario, que lucha día a día por salir adelante, o que, ya en un cierto nivel de beneficios, sigue batallando para mantener esa posición e incluso mejorarla, lo que le llevará a contratar nuevos empleos, tenemos a los antiejemplos del empresariado que más vergüenza ajena dan, que buscan el beneficio rápido, la ventaja desde el primer minuto, el espaldarazo oficial –que en más de una ocasión es consentidor de esa labor que mina la economía, con sus parados en los lados del camino- y que a la hora de la caída, se encogen de hombros y dicen aquello de que yo sólo pasaba por aquí, abandonando a sus clientes sin mayores explicaciones. Hoy es Díaz Ferrán y Air Comet –entre otras cosas-, mañana, que fue ayer, es EuroStar, el tren que une a Inglaterra con el continente europeo, aunque esta comparación, como siempre, también es odiosa.
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José Ortega y Gasset dictó en varias de sus obras que la sociedad siempre es aristocrática porque en ella siempre hay individuos, los mejores, los mejor dotados, que son ejemplos y modelos para el resto de sus contemporáneos. Aristócratas del espíritu, en lugar de la sangre, dignos de ser imitados. Me temo que en la actual sociedad española esos aristócratas orteguianos están en las cárceles sombrías del desprecio y la ignorancia de las masas cuyo gusto e ideas se imponen como faro que deslumbra a la aldea de que somos vecinos. Y es que ya lo dijo Machado, si hemos de echar mano de la pedantería automática que nos proporciona internet, en una de sus citas celebradas: “En España, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.

El pasado sábado los sindicatos UGT y CCOO convocaron una gran manifestación en Madrid, contra la crisis y en defensa de empleos y salarios dignos, ¿Fueron 200.000, fueron 30.000? Fueron los bastantes como para que fuese una gran manifestación, pero…. Sí, hay más de un pero o interrogante que se nos plantea. Sí fue representativa del sentir general, de que la gente no quiere perder su trabajo ni sufrir un ERE, y hacía falta una protesta general, incluso una huelga general, pero… hace seis meses o un año, cuando la angustia estaba en la calle, el paro estaba rampante y el IPC despeñándose a la deflación. Entonces el impacto emotivo en las gentes habría sido contundente, y los sindicatos habrían sido el canalizador de tal sentir.
Hace escasos días salía la noticia de que el 62 por ciento de los jóvenes en busca de empleo aspiraban a encontrarlo en las administraciones públicas. Esto refleja la tradicional buena prensa que tiene el trabajo fijo que da el Estado, un Estado que ya es poco Estado central con delegaciones y mucho Estado autonómico, amén del municipal e incluso de diputación provincial todavía. O sea, hay mucho Estado de mala calidad, pues se repite, como si de copias falsas informáticas, fakes, se tratase, en lugar de que haya todo el que sea necesario, pero eficaz y sin solapaciones.


