Uno de los lastres sempiternos en todos los campos de la vida social, y de la empresarial, sobre todo la de la pequeña empresa, siquiera sea de autónomo, es la burocracia que nos toca conllevar como cada cual puede, mejor o peor, con cara de naranja o de limón. Conscientes de ello, o al menos, sensibles a que la gente no cree que burócrata sea un piropo o que quede bien en las tarjetas de visita, las administraciones varias y múltiples intentan aligerar el peso del papel, que a veces tiene más de su origen bruto de madera que de blanco satén para legar a la posteridad.

Pero, siempre hay un pero, si no no estaríamos vivos, se reducen trámites y escalones, no siempre con finura artesana, ocasionando incluso dolorosos traspiés, pero digamos que se reducen formularios y casillas, pero además, están los costes de esas tramitaciones. No hace muchas semanas la Comunidad de Madrid, tan presta a pregonar su amor e incluso su lujuria por la libre empresa y tal y tal, eliminó las tasas para algunas de las licencias de apertura necesarias para ponerse a producir, vender, fabricar o distribuir cosas que los demás necesitan o quieren tener. Esa tasa tenía la gracia de emparejarse con una gemela del Ayuntamiento de la capital, regida como es sabido por un consabido konsomol que ya lo es menos. O sea, doble imposición, a añadir a la estatal. Pero, como siempre, la Administración, velando, aunque sea muerta de sueño, por sus administrados.
HORMIGUITAS SIN TOGA
Uno de los problemas en la organización de la recaudación fiscal es que las administraciones tienen unos programas políticos de realización de inversiones, obras y servicios esenciales como la educación, la sanidad o los transportes. Hasta ahí bien. Pero además hay otros muchos gastos, y no sólo el de personal, como es la miríada de subvenciones a todo tipo de entidades, a lo que se suma la creciente externalización de trabajos para los que se supone que existe esa administración. La cuestión es que esta y aquella primero buscan como exprimir fiscalmente a quienes son exprimibles, limones que rezuman facturas, declaraciones del IRPF o que se identifican ante la ventanilla municipal, autonómica y estatal. O sea, en lugar de poner a correr a la morsa burocrática, calle arriba, despacho abajo, buscando en las papeleras del fraude fiscal y eliminando las canonjías y bulas y las estampillas que sobretasan una y otra vez, prefieren volver con la lupa a enfocar, a ver si se queman, a las hormiguitas sin coraza ni toga. El mensaje es una pintada: o todos naranjas, o todos limones.
Añade un comentario